Para san Juan Bosco, la devoción mariana no era un adorno piadoso ni un sentimiento secundario, sino un camino seguro hacia la santidad, un apoyo cotidiano en el combate espiritual y una verdadera escuela de vida cristiana. Toda su propuesta educativa nacía y se desarrollaba bajo la presencia materna de María. Don Rua lo testimonia con claridad: se podía decir que Don Bosco no hablaba a sus muchachos sin recomendarles el amor a la Virgen Santísima, y cuando quería enseñarles a custodiar la pureza, insistía especialmente en la devoción a Ella. En los breves y cercanos “sermoncitos” de la tarde, ese momento tan propio del Oratorio, volvía siempre a lo esencial: vivir en la gracia de Dios y amar a María.
Don Bosco tenía un talento especial para traducir la fe en gestos concretos, sencillos y cotidianos. Para él, la devoción no surge de la improvisación: se aprende, se ejercita y se educa con constancia. Por eso, durante las novenas y los meses dedicados a María, proponía a los jóvenes las conocidas florecillas: pequeños actos diarios de amor o sacrificio ofrecidos a la Virgen. No eran prácticas supersticiosas ni recetas automáticas, sino pasos humildes para crecer en la vida interior, fortalecer las virtudes, educar el corazón y orientarlo hacia el bien.
El salesiano Giovanni Battista Lemoyne recogió muchas de estas florecillas, atribuyéndolas a la tradición viva del Oratorio: algunas nacieron directamente de las palabras de Don Bosco y otras fueron transmitidas por quienes lo escucharon. Puestas simbólicamente “en labios de la Virgen”, estas invitaciones siguen transmitiendo hoy una espiritualidad cercana, afectuosa y profundamente encarnada en la vida diaria.
Las cincuenta y dos florecillas reunidas forman un auténtico itinerario espiritual, presentado como si fuera la propia Madre quien se dirige a sus hijos con ternura y exigencia amorosa. Cada una propone un gesto concreto, posible, al alcance incluso de los más jóvenes. El camino comienza con acciones simples: ofrecer el corazón a María a lo largo del día, invocar los nombres de Jesús y de María, besar una medalla, saludar las imágenes sagradas en el camino. Son actos breves, casi invisibles, pero capaces de tejer una relación viva y personal con la Madre del cielo.
Poco a poco, las florecillas conducen a dimensiones más profundas de la vida cristiana: la humildad, la paciencia, la obediencia, el perdón, la caridad y la pureza. María se presenta como maestra y modelo, recordando su propia experiencia: obedecer sin reservas, como lo hizo en su casa de Nazaret y en el Templo. Esa referencia concreta a la vida cotidiana de la Virgen hace que sus consejos resulten cercanos y practicables.
Don Bosco otorgaba una atención especial a la pureza, a la que llamaba la “virtud angélica”. Por eso, muchas florecillas invitan a la custodia de los sentidos, a la modestia, a evitar las ocasiones de peligro y a la oración confiada en los momentos de tentación, con la sencilla invocación: «Mater purissima, ora pro me».
Uno de los aspectos más originales y eficaces de esta propuesta fue su método pedagógico. Las florecillas se colocaban en un cuadro numerado, acompañado de una caja con los números correspondientes. Durante las novenas y el mes de mayo, cada joven sacaba al azar un número, leía la florecilla y la acogía como un mensaje personal de la Virgen para ese día concreto. Así, la devoción se convertía en una experiencia viva, dinámica y profundamente personal: no una repetición rutinaria, sino el gozo diario de un encuentro inesperado con la Madre.
Hoy, estas florecillas conservan toda su fuerza espiritual. En un tiempo marcado por la dispersión y la superficialidad, ofrecen pequeños gestos capaces de centrar la vida en lo esencial. Son semillas de santidad al alcance de todos —jóvenes y adultos— que María misma nos invita a cultivar en el jardín del corazón.
Como resume la última florecilla, con la ternura propia del amor materno:
«Ámame mucho. ¡Quiero hacerte santo!»

