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EL PAN DEL ALMASemanario Dominical
domingo, 11 enero 2026 / Published in Para Reflexionar

Las florecillas en la escuela de Don Bosco

Para san Juan Bosco, la devoción mariana no era un adorno piadoso ni un sentimiento secundario, sino un camino seguro hacia la santidad, un apoyo cotidiano en el combate espiritual y una verdadera escuela de vida cristiana. Toda su propuesta educativa nacía y se desarrollaba bajo la presencia materna de María. Don Rua lo testimonia con claridad: se podía decir que Don Bosco no hablaba a sus muchachos sin recomendarles el amor a la Virgen Santísima, y cuando quería enseñarles a custodiar la pureza, insistía especialmente en la devoción a Ella. En los breves y cercanos “sermoncitos” de la tarde, ese momento tan propio del Oratorio, volvía siempre a lo esencial: vivir en la gracia de Dios y amar a María.

Don Bosco tenía un talento especial para traducir la fe en gestos concretos, sencillos y cotidianos. Para él, la devoción no surge de la improvisación: se aprende, se ejercita y se educa con constancia. Por eso, durante las novenas y los meses dedicados a María, proponía a los jóvenes las conocidas florecillas: pequeños actos diarios de amor o sacrificio ofrecidos a la Virgen. No eran prácticas supersticiosas ni recetas automáticas, sino pasos humildes para crecer en la vida interior, fortalecer las virtudes, educar el corazón y orientarlo hacia el bien.

El salesiano Giovanni Battista Lemoyne recogió muchas de estas florecillas, atribuyéndolas a la tradición viva del Oratorio: algunas nacieron directamente de las palabras de Don Bosco y otras fueron transmitidas por quienes lo escucharon. Puestas simbólicamente “en labios de la Virgen”, estas invitaciones siguen transmitiendo hoy una espiritualidad cercana, afectuosa y profundamente encarnada en la vida diaria.

Las cincuenta y dos florecillas reunidas forman un auténtico itinerario espiritual, presentado como si fuera la propia Madre quien se dirige a sus hijos con ternura y exigencia amorosa. Cada una propone un gesto concreto, posible, al alcance incluso de los más jóvenes. El camino comienza con acciones simples: ofrecer el corazón a María a lo largo del día, invocar los nombres de Jesús y de María, besar una medalla, saludar las imágenes sagradas en el camino. Son actos breves, casi invisibles, pero capaces de tejer una relación viva y personal con la Madre del cielo.

Poco a poco, las florecillas conducen a dimensiones más profundas de la vida cristiana: la humildad, la paciencia, la obediencia, el perdón, la caridad y la pureza. María se presenta como maestra y modelo, recordando su propia experiencia: obedecer sin reservas, como lo hizo en su casa de Nazaret y en el Templo. Esa referencia concreta a la vida cotidiana de la Virgen hace que sus consejos resulten cercanos y practicables.

Don Bosco otorgaba una atención especial a la pureza, a la que llamaba la “virtud angélica”. Por eso, muchas florecillas invitan a la custodia de los sentidos, a la modestia, a evitar las ocasiones de peligro y a la oración confiada en los momentos de tentación, con la sencilla invocación: «Mater purissima, ora pro me».

Uno de los aspectos más originales y eficaces de esta propuesta fue su método pedagógico. Las florecillas se colocaban en un cuadro numerado, acompañado de una caja con los números correspondientes. Durante las novenas y el mes de mayo, cada joven sacaba al azar un número, leía la florecilla y la acogía como un mensaje personal de la Virgen para ese día concreto. Así, la devoción se convertía en una experiencia viva, dinámica y profundamente personal: no una repetición rutinaria, sino el gozo diario de un encuentro inesperado con la Madre.

Hoy, estas florecillas conservan toda su fuerza espiritual. En un tiempo marcado por la dispersión y la superficialidad, ofrecen pequeños gestos capaces de centrar la vida en lo esencial. Son semillas de santidad al alcance de todos —jóvenes y adultos— que María misma nos invita a cultivar en el jardín del corazón.

Como resume la última florecilla, con la ternura propia del amor materno:
«Ámame mucho. ¡Quiero hacerte santo!»

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