En otros tiempos resultaba más sencillo experimentar reverencia y asombro ante la grandeza de lo divino. Hoy, en cambio, se habla con frecuencia de una crisis de fe, aunque rara vez se menciona la crisis más profunda: la pérdida del sentido religioso. El problema del ser humano contemporáneo no es tanto la imposibilidad de creer, sino la dificultad para percibir a Dios como verdaderamente Dios. Incluso muchos creyentes parecen haber perdido la capacidad de vivir una relación auténtica y reverente con Él.
Un signo claro de esta dificultad es la adoración. Antes, resultaba natural sentirse sobrecogido ante la inmensidad y el misterio de Dios; hoy, en cambio, se lo ha reducido con frecuencia a una figura incómoda o prescindible. Adorar implica reconocerse pequeño ante su grandeza, pero al mismo tiempo profundamente amado. Significa admirar su misterio, acoger su cercanía y abandonarse con gratitud y confianza. La adoración es amor, entrega y silencio contemplativo.
La incapacidad para adorar nace, en gran parte, de una vida interior dispersa. Quien vive atrapado por el ruido, la prisa y lo superficial difícilmente puede detenerse ante lo esencial y descubrir el rostro de Dios.
Para adorar es necesario también aprender a mirar el mundo con profundidad y ternura. Quien contempla la realidad con amor comienza a percibir en ella las huellas del Creador. Solo Dios es verdaderamente digno de adoración; ni las cosas ni las personas, por valiosas que sean, pueden ocupar su lugar. Por eso, solo quien es interiormente libre puede adorar de verdad.
Esta adoración no aleja del compromiso con el mundo. Al contrario: quien adora a Dios se enfrenta a todo lo que degrada al ser humano, imagen viva del Creador. Adorar a Dios implica respetar la vida, cuidar la creación y comprometerse con la justicia. De ahí la profunda unión entre adoración, solidaridad y cuidado del mundo. Como afirmaba Teilhard de Chardin, cuanto más humano llega a ser el ser humano, más necesidad siente de adorar.
El relato de los Magos de Oriente expresa con claridad esta actitud: hombres capaces de contemplar el universo con profundidad, de reconocer los signos del Misterio y de ofrecer su homenaje al Dios que se hace cercano en la fragilidad humana.

