En algún momento de 2019, Erik Varden recibió una llamada que cambiaría radicalmente su vida: había sido designado obispo de Trondheim, en Noruega, una diócesis que llevaba más de diez años sin pastor. Si un nombramiento así suele alterar la existencia de cualquier sacerdote, para Varden —monje cisterciense dedicado a la clausura y a una