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EL PAN DEL ALMASemanario Dominical
domingo, 25 enero 2026 / Published in Para Reflexionar

Conozcamos a Don Bosco: No olvidar al pobre

Damos inicio a una nueva sección titulada «Conocer a Don Bosco», concebida por el salesiano don Bruno Ferrero. Su propósito es profundizar en la figura del santo de los jóvenes mediante estudios rigurosos, testimonios directos e indirectos y documentos provenientes de los procesos de beatificación y canonización. La serie constará de 33 entregas publicadas de manera continuada. Invitamos a seguirlas para descubrirlo mejor, quererlo más y asumir su ejemplo con mayor decisión. Esta propuesta está dedicada a todos los amigos de Don Bosco.

Comenzamos con los orígenes familiares y el contexto social y económico de Don Bosco, fundador de los Salesianos. A partir de fuentes documentales y testimoniales se perfila la imagen de una familia campesina piamontesa dedicada a la aparcería que, sin ser indigente, vivía en una pobreza extrema. La muerte temprana de su padre, Francesco, en 1817, junto con la devastadora hambruna de 1816-1818, marcaron profundamente la infancia de Giovanni. Su madre, Margherita, viuda a los veintidós años, asumió con fortaleza enormes sacrificios para sostener y educar a sus hijos, rechazando nuevas propuestas de matrimonio. La vivencia directa de la pobreza forjó la sensibilidad de Don Bosco y orientó su futura misión en favor de los jóvenes más abandonados.

Desde sus inicios, su vida fue una permanente confrontación con lo imposible.
Francesco Bosco residió y trabajó como aparcero en la masía de Biglione entre 1793 y 1817. No era propietario de tierras ni agricultor independiente, sino arrendatario, una condición que lo situaba por encima del jornalero ocasional y lejos de la indigencia certificada que recibía ayuda municipal. La aparcería, además de ser una forma de vida estable y reconocida, ofrecía la posibilidad de alcanzar cierta autonomía. Por ello, Francesco aspiraba a la independencia y logró adquirir algunas propiedades.

El inventario levantado tras su fallecimiento revela que poseía nueve pequeñas parcelas en Becchi y sus alrededores, con viñedos y cultivos de grano, trigo y heno, que en conjunto sumaban una hectárea, valorada en 685 liras. También había comprado animales por un valor de 445 liras, señal clara de su deseo de autosuficiencia. Sumando herramientas agrícolas, muebles y utensilios domésticos, el patrimonio total ascendía a 1.331 liras. Sin embargo, dejó deudas por 446 liras y la casa aún no estaba completamente pagada.
Con la muerte de Francesco, la situación económica de la familia, ahora bajo la responsabilidad de Margherita, se deterioró gravemente, agravada además por la sequía y la hambruna. El establo quedó reducido a una vaca y un ternero, mientras las deudas aumentaban y las exigencias de pago se acumulaban.

Años de calamidad
Las primeras páginas de las Memorias de Don Bosco describen sobre todo pobreza y sufrimiento. Él mismo recuerda la gran sequía y la hambruna de 1816-1818, particularmente crueles, hasta el punto de encontrar personas muertas en los caminos por falta de alimento. Relata que su madre compartió lo poco que tenía y envió a un vecino a buscar comida, pero este regresó con las manos vacías. Ante el miedo generalizado, Margherita hizo rezar a la familia y, en un gesto extremo, decidió sacrificar el ternero, su única garantía de subsistencia.
En ese mismo periodo, Margherita recibió una propuesta “muy conveniente” que implicaba separarse de sus hijos. La rechazó sin vacilar: jamás los abandonaría, ni siquiera a cambio de todas las riquezas. Los testimonios del proceso de beatificación confirman que, pese a recibir numerosas ofertas de matrimonio tras enviudar tan joven, renunció a todas para dedicarse por completo a la educación de Giuseppe, Giovanni y su hijastro Antonio, a costa de enormes sacrificios.

Fue una decisión valiente y consciente. En una pobreza real, Margherita fue durante años la única responsable del sustento familiar. Solo con trabajo incansable y grandes privaciones logró mantener a una familia numerosa, hasta que los hijos mayores pudieron colaborar. La escasa tierra disponible apenas garantizaba la subsistencia, incluso en años favorables. Los métodos agrícolas atrasados y los bajos precios de los productos impedían cualquier ahorro significativo.

La mayor parte del dinero se destinaba a lo indispensable: ropa, herramientas, utensilios y algunos alimentos básicos. La dieta era sencilla y limitada, basada en lo que ofrecía la tierra y el corral; la carne se consumía en contadas ocasiones. El vino de los viñedos cubría el consumo anual y dejaba un pequeño excedente para vender o reservar.

Durante la década de 1820, la familia sobrevivió con dificultad. Con el crecimiento de Antonio y Giuseppe, el peso del trabajo se alivió algo. Sin embargo, la división de los bienes familiares en 1830 incrementó las complicaciones, especialmente cuando ambos se casaron. Antonio formó su propio hogar en condiciones precarias; Giuseppe, en cambio, logró mejorar su situación como aparcero y, con el tiempo, construir una casa gracias a sus ahorros. En 1840, al inventariarse los bienes comunes de Giuseppe y Giovanni antes de la ordenación sacerdotal de este último, el capital total alcanzaba 2.510 liras, con un modesto rendimiento anual.

«Eran campesinos pobres»
En síntesis, desde el siglo XVII los Bosco fueron aparceros que trabajaban tierras ajenas: pobres, aunque no indigentes. No contaban con casa propia y se trasladaron varias veces en busca de tierras en alquiler, pero siempre conservaron una posibilidad de independencia. Tras la muerte de Francesco, la situación empeoró, aunque nunca llegaron a la indigencia certificada. Las pequeñas parcelas, la vaca y el ternero apenas aseguraban la subsistencia.
La magnitud de la pobreza se comprende mejor al saber que Margherita no pudo costear la educación de Giovanni, quien tuvo que mendigar ayudas, depender de benefactores y valerse de su propia iniciativa para seguir estudiando. Por eso, cuando en 1883 Don Bosco revisó su biografía y leyó que su familia era descrita como “campesinos acomodados”, pidió corregir la expresión por “campesinos pobres”. Aquella experiencia personal de carencia fue decisiva para su sensibilidad hacia los jóvenes pobres y abandonados y para la configuración de su espiritualidad.

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